Natalie recrea tres escenas que cualquiera que haya vivido en los dos mundos reconoce al instante.
La puntualidad
Quedaron a las cinco. Son las cinco y tres minutos y el alemán ya está llamando para saber dónde estás. Del otro lado, la respuesta clásica: "sí, sí, estoy saliendo, dame cinco minutos".
En Alemania la hora acordada es la hora de estar allí, no la de empezar a arreglarse. Llegar cinco minutos tarde a una cita de trabajo requiere una disculpa, y quince minutos ya se considera una falta de respeto. Lo bueno del sistema es que funciona en las dos direcciones: nadie te va a hacer esperar a ti.
El clima
La misma temperatura, dos lecturas opuestas. Para el alemán hace un día precioso y toca ir al lago; para el latino hace frío y hay que llevar chaqueta. En cuanto el termómetro pasa de quince grados y sale el sol, los parques alemanes se llenan.
El saludo
Un "buenos días, ¿cómo estás?, qué gusto verte" frente a un "Morgen" seco. No es antipatía: la comunicación alemana ahorra palabras. Y el "¿cómo estás?" alemán es una pregunta de verdad, así que si la haces, prepárate para escuchar la respuesta completa.
Cómo se vive esto al llegar
Con incomodidad las primeras semanas y con alivio después. Muchos profesionales acaban valorando justamente eso: que las cosas se digan, que los horarios se cumplan y que nadie tenga que adivinar lo que el otro quiso decir.
Trabajar esta adaptación antes de viajar ahorra los primeros meses de fricción. Así lo hacemos. Y si quieres ver cómo lo trabajamos junto al idioma, mira nuestros programas.
Contenido original de @natscholibre · Natalie Kusnik